martes, 27 de noviembre de 2012

Capítulo XIII - ROMA (por PepeLobo)


ROMA

La lancha me dejó en el puerto de Civitavecchia a 79 km de Roma.  Subí al tren que me dejo en la estación Termini, en pleno centro. Hacía tiempo que no visitaba aquella ciudad y no recordaba a quien podría pedirle ayuda para encontrar trabajo en la ciudad eterna. Me encamine sin prisa hacia la Fontana de Trevi, y de pronto, al cruzarme con un sacerdote ataviado con sotana, la luz se hizo. Recurriría a don Camilo, el cura que me bautizo, me dio la comunión, me casó, y de descuidarse un poco el que me enterrará. Don Camilo es algo canijo, con unos ojillos saltones escondidos tras unas gafas redondas y con el grosor de las lentes similar al culo de los vasos duralex. Sotana raída y mas parda que negra, con algún lamparon a la altura del abdomen, que sobresale de forma prominente.  Este cura de pueblo como a él gusta que le llamen, dejo su parroquia de toda la vida a consecuencia de un encontronazo con el alcalde, un legionario en la reserva que se empeño en que se cantara el “Novio de la muerte” durante la consagración, cosa que a don Camilo no le desagradaba, de no ser porque en la banda de guerra que tocaba dicha marcha se encontraban dos legionarias, una tocaba el tambor y otra el Helicón.  Aun se recuerda la imagen de aquel sacerdote corriendo calle abajo con la sotana recogida y gritando “Esto es un sindiós, legionarias en mi iglesia jamás”

Después de varias llamadas a Mamá me entere que don Camilo ejercía de coadjutor en la Iglesia de María Liberatrice a Monte Testaccio.  No estaba demasiado lejos del lugar pero decidí no apresurarme para llegar justo a la hora del almuerzo, al que sin duda alguno seria invitado por la casualidad de mi hora de llegada.

Don Camilo seguía siendo el mismo de siempre, me recibió con el cariño que él suele derrochar y con una alegría difícil de disimular. El disgusto me lo lleve yo que no me quedo otra que invitarlo a comer en una trattoria de la vía Giovanni Branca, a escasos metros de su iglesia, y donde me costó más le cerveza que los espaguetis (pensé que aquel no era país para mi amigo Res). Ya en la sobremesa y después de varias copas de Limoncello, que aquel cura juraba que las tomaba para que le ayudaran con la digestión, me ofreció trabajo.

-Pirata a ti el mundo del turismo siempre te gustó. ¿Qué te parecería trabajar en él? Precisamente tengo un amigo que anda buscando gente con ganas de trabajar, con buena labia, facilidad para los idiomas, don de gentes y ansias de superación.

Sin duda aquel era el trabajo que yo necesitaba. Inmediatamente le dije que sí, que aceptaba sin ni siquiera preguntar sueldo ni horario.  Estaba seguro que en un corto espacio de tiempo sería un gran empresario del mundo turístico en roma, la ciudad eterna.

Recostado en la cama de aquella pensión, a la que llegue recomendado por mi antiguo párroco, leía  Il manifesto romano. Fue en ese momento cuando me entere del tremendo desastre.  La noticia contaba que el buque crucero El Soberano al mando del Capitán Res estaba encallado en la playa nudista de Vera. Conociendo a Res yo sabía que si se aproximó a la costa seria confundiendo algún pecho femenino de tamaño XXXL con alguna boya de señales.  Pero no dejaba de preocuparme el incidente y pensando en ello me quede dormido.

A la tempranísima hora de las 10 de la mañana ya estaba yo desayunado y en la puerta del impresionante coliseo romano esperando las órdenes para comenzar mi nuevo trabajo.

No voy a contar, por no cansarles, lo que paso por mi mente cuando me dieron el traje de gladiador.

Si, es lo que ustedes piensan, el laboro consistía en vestirme de gladiador y fotografiarme con los turistas que acudían a visitar el monumento.  Que trago más duro para alguien que fue mano derecha del Elegante. Otra vez me veía igual que en la estación de Atocha cuando aquellos hermanos de La Gadita vieron cumplida su venganza.

Así pase casi un mes entre guiris y fotos para todos los gustos.  Estaba ya decidido a tirar mi brillante carrera por la borda cuando se me acerco un tipo con acento árabe que me entrego una carta. A la sombra de aquellas piedras milenarias abrí dicha carta que así decía:
Estimado pirata:
Espero que al recibo de esta estés bien, yo bien a Dios gracias.
Te abras enterado por la prensa del pequeño incidente con “El soberano”, (no te preocupes que con una mano pintura está solucionado) yo por miedo a las represalias salí del barco en un salvavidas y he logrado esconderme hasta la fecha. Ahora mismo estoy en Sevilla donde he conocido a una trianera de carácter fuerte que está empeñada en arañarme hacia arriba sin en una semana no me caso con ella. Yo te juro que Pirata que no era mi intención enamorarla, aunque la chica bien merece enamorarme, pero ya sabes que en cosas del corazón nadie manda.
Necesito tu ayuda para salir de esta. También he mandado un wassap (al cual aún no ha respondido) a don Elegante por si él puede hacer algo.
No tardes Pirata que esto es muy serio.
Res
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Sin dudarlo me encamine hacia la estación, ante una cosa así no se puede dejar tirado a un amigo.
 

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